MYRIAM DE BETANIA, MAGDALENA DE ISIS Y CUSTODIA DEL GRIAL

AVALON PSICOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD

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MYRIAM DE BETANIA, MAGDALENA DE ISIS Y CUSTODIA DEL GRIAL

 

                                                                  Myriam de Betania, más conocida como Myriam de Magdala y María Magdalena, es una figura cada vez más conocida y valorada en la historia del Maestro Jesús. Lejos de ser quien las escrituras judías y católicas durante siglos dijeron que era, está revelándose de una manera muy profunda la personalidad de esta singular mujer, de esta maestra de maestr@s, sanadora del amor y apóstola de apóstol@s.

                                                                  Myriam de Betania, Magdalena de Isis, Custodia del Grial y Sagrado Cáliz ella misma, es una figura espiritual importantísima, para el género humano en general y para las mujeres en particular, más allá de cualquier credo y religión puesto que su mensaje, al igual que el de Jesús, compañero de vida y alma gemela, atañe a tod@s, porque tod@s podemos practicar la religión del amor, la única que trae la paz a nuestros corazones y es irradiada a través de él.

                                                                  La nueva historia que, desde hace ya bastantes años, se está reescribiendo sobre Myriam de Betania, está revelando que el papel que esta mujer desempeñó en los primeros tiempos del cristianismo y, muy especialmente, tras la muerte física de Jesús fue, desde luego, mucho más destacado y trascendente de lo que durante siglos se nos contó y creímos que fue.  Los evangelios gnósticos, herederos directos del mensaje de Jesús, se refieren a ella como la principal entre l@s discípul@s de Jesús, algo que en la Biblia, aunque muy sutilmente, también se señala. Laurence Gardner, autor del libro La herencia del Santo Grial, señala que los primeros textos cristianos describen a María Magdalena como ‘la mujer que conoció el Todo’; fue la mujer a quien ‘Cristo amó más que a todos sus discípulos’. Fue el ‘apóstol revestido de conocimiento, visión y penetración en grado muy superior a Pedro’ y fue ‘la amada novia’ que ungió a Jesús en el sagrado matrimonio (el hierosgamos) en Betania, iniciándole no sólo en estos misterios sino también en otros en los que ella, como Magdalena y Sacerdotisa de Isis y Custodia del Grial que era, había sido iniciada mucho tiempo antes de encontrarse con el que yo llamo el Maestro del Amor y la Paz.

                                                                                        Myriam de Betania, más allá de ser una figura bíblica y espiritual, es también una manifestación de la Diosa y de la Divina Esencia Femenina, que conserva y porta una de las sabidurías más antiguas y sagradas: la sabiduría del corazón.  Al igual que tantas otras, como la Madre María, Isis o Morgana, Myriam de Betania vive en el corazón, el alma, el cuerpo y la mente de las mujeres del siglo XXI, también de los hombres, actuando como una fuente de inspiración para quienes nos acercamos a ella, buscando nuestro propio Grial y convirtiéndonos en su más fiel custodi@.

                                                                  Tal como yo la siento, la energía de Myriam de Betania no es una energía maternal, como la de la Madre María, sino que se muestra y expresa de una forma misteriosa, parcialmente apartada de la vista y de lo evidente, como lo hace la Luna plateada que brilla a través de las nubes en una noche de tormenta o de frío invernal. Myriam de Betania es la sanadora de las mujeres maltratadas o despreciadas por el mero hecho de ser mujer, criticadas y juzgadas por ser capaces de vivir su libertad y de amar sin condiciones con esa libertad, tanto a sus semejantes como a los hombres con los que se relacionan. Es la fortalecedora de los corazones que se han sentido entristecidos y rechazados, no sólo de las mujeres, aunque especialmente de ellas, puesto que a ella le sucedió lo mismo cuando se atrevió a manifestar su amor por Jesús, que también la amaba, como mujer y como alma más allá de todos los límites del tiempo y del espacio. Consuela y acompaña también a las mujeres que han sido, o se han sentido, traicionadas en su feminidad y su singularidad, ayudándoles a recuperar la autoestima, el respeto por sí mismas y su sentido de dignidad personal. Cualquier mujer que se mire en el espejo de Myriam de Betania, que a pesar de todo nunca dejó de ser fiel a sí misma, podrá recuperar su estima, su libertad y su autenticidad, digan lo que digan quienes le rodean. Con su actitud ante la vida, supo conservar el derecho a ser reconocida como un ser completo, y digno de tener un camino de vida que seguir, aun a costa de ser rechazada e insultada, algo que lamentablemente todavía le sucede a muchas mujeres en nuestros días.

 

 

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Para terminar, voy a transcribir unas palabras que escribí durante uno de mis viajes a Avalon, mientras me encontraba meditando en una capilla dedicada a Myriam de Betania en Glastonbury:

                                                                  “Yo soy la semilla crística femenina. Yo soy la segunda venida de Cristo. Yo soy la que nadie espera, la que nadie cree que es la que verdaderamente está llamada a completar la tarea que mi amado Jesús comenzó hace dos mil años.

                                                                  Yo soy la repudiada por incomprendida. Yo soy la que vivió libremente los dictados de su corazón. Yo soy la que fue capaz de dejar a su esposo: Pablo, bebedor, maltratador y pendenciero. Yo soy la que renunció a la custodia de su único hijo, a verlo crecer, a participar en su educación, con tal de poder seguir viviendo y extendiendo la buena nueva, esa que Jesús nos anunció, diciéndonos que somos hij@s amad@s de la Divinidad Madre y Padre, que sólo quiere nuestro bien y que siempre está dispuesta a ayudarnos para que lo seamos. Sé que mi hijo: Marcos, entendió en algún momento mi decisión y, a pesar de que le resultó difícil crecer sin el amor de su madre cerca, eso también le sirvió para hacerse más fuerte, para aprender a confiar en sí mismo y para, llegado el día, dejar la casa de su padre y comenzar a andar su propio camino.

                                                                  Yo fui la primera que, tras la representación de la crucifixión, vio al Maestro en su cuerpo de luz, en su esplendor, en toda la expresión de su magnificencia, una vez liberado de las ataduras que el cuerpo de sangre, de huesos y de piel supone para el ser esencial. Es cierto que cuando me encontré con Él por primera vez, dos días después de haber sido crucificado, no le reconocí. Pensé que era el jardinero, el que cuidaba las tumbas, e incluso que se trataba de un ángel divino enviado para consolarme en mi dolor. Sólo cuando Jesús me llamó por mi nombre verdadero: Myriam, sólo cuando añadió a ese nombre la expresión: Mujer, ¿tan diferente estoy que ni siquiera tú me reconoces?, supe de quién se trataba, supe que era Él. ¡¿Cómo no te he reconocido desde el principio, amado mío?!, me decía a mí misma y le decía a Él, entre risas y sollozos de alegría, una alegría indescriptible por volver a encontrarme con Él, yo que le había ungido los pies con mis cabellos y con un sagrado óleo, unos días antes de la muerte de su cuerpo físico… Yo que le había iniciado en los misterios de la sangre, de la vida, de la muerte y de la resurrección, yo que le había acompañado en sus años de ministerio público, en los años de transmisión de sus enseñanzas, yo que compartí con Él mucho más que esas enseñanzas, ya que compartí con Él los mejores y más profundos años de mi vida y que después, cuando Él dejó este plano para acompañarnos y guiarnos desde planos superiores de la existencia, continué expandiendo y compartiendo su mensaje con cuant@s quisieron escucharlo, dentro y fuera de mi tierra de origen.

                                                                  Yo, que fui nombrada por el mismo Jesús piedra fundadora de su iglesia, una iglesia destinada a no tener templo sino a ser el templo de todas aquellas personas deseosas de vivir el amor sin condiciones, el amor genuino, ese que por sí solo es capaz de generar paz, armonía, belleza… y de fortalecer la vida en lugar de eliminarla. Yo fui esa primera piedra, y no Pedro, aunque los celos de mi querido hermano en el mensaje de Jesús, además de las dificultades que tenían las mujeres de mi tiempo para hacer cualquier cosa de forma independiente, llevaron finalmente a Jesús a nombrarle a él, a Pedro, como fundador de su iglesia, aunque en su corazón Él sabía que ese nombramiento había sido y seguiría siendo siempre para mí porque, como tantas veces repitió, yo entendí desde el primer momento el sentido profundo de su mensaje, un mensaje que no iba dirigido a la mente ni al intelecto sino a corazón, el alma y el espíritu.

                                                                  Yo, como iniciada en los misterios de la sangre, de la vida, de la muerte y de la resurrección que ya era desde mucho antes de conocerle, sabía y entendía que no somos de este mundo terrestre, sino que sólo estamos en él de paso, de forma temporal, hasta que de nuevo nuestra alma deja su vestido terreno y regresa a su esencia de Luz, Sabiduría y Amor, allí donde nunca existe el invierno y de forma eterna brilla la primavera.

                                                                  Yo fui quien, acompañada por mi padre: José de Arimatea, María: la madre de Jesís y otra de sus seguidoras más avanzadas, mis hermanas de mensaje y de vida: María Salomé y María Jacobé, junto con algun@s discípul@s más, dejamos nuestra tierra y nos aventuramos en el mar de lo desconocido, abrazándolo y abriéndonos a sus designios, con el propósito de llegar allí donde la buena nueva del amor fuera necesaria, allí donde pudiera seguir extendiéndose y creciendo, con una nueva luz y calor.

                                                                  Así llegamos hasta Gran Bretaña, y después al sur del país que entonces era llamado la Galia, difundiendo nuestro mensaje, adaptándolo a los conocimientos y la cultura de las gentes con las que nos encontrábamos. Yo misma di origen y extendí mi propio evangelio, mis propias adaptaciones de las enseñanzas de Jesús, a pesar de las reticencias de mis compañeros varones, muchos de los cuales no veían con buenos ojos que yo, siendo mujer, les diera lecciones o les explicara lo que el Maestro nos había enseñado a tod@s y que yo, de manera casi instantánea, comprendía con claridad y soltura, tantas que podía luego hacer aclaraciones a l@s demás, especialmente después de su partida de este lado de la realidad. Para muchos otros en cambio, también he de decirlo, mi condición de mujer era una facilidad añadida. Muchos de mis hermanos varones conocían mi trabajo de iniciación y mi trabajo continuo en mi propia evolución y transformación, por lo que me consideraban lo suficientemente solvente como para poder hacer lo que hacía.

                                                                  Salomé y Jacobé, otras dos valientes e imponentes María, eran una gran compañía y fuente de apoyo para mí, especialmente en los momentos en los que había de afrontar las críticas y las dificultades, los juicios y las palabras de censura. Las tres éramos como hermanas, y no sólo porque lo éramos en las enseñanzas de Jesús y sus mensajes, sino mucho más allá de eso. Lo fuimos desde niñas y nos apoyábamos mutuamente siempre que era necesario. Gracias a mujeres como ellas y como tú, el mensaje de nuestro hermano Jesús, el Maestro del Amor y de la Paz, sigue estando tan vivo y potente como lo estuvo entonces, cuando era Él Mismo quien lo transmitía y lo vivía en su propia vida, y seguirá estándolo por los siglos de los siglos, hasta que todos los seres humanos lo hayan acogido e integrado en su corazón, lo hayan llevado hasta su consciencia y su alma, lo hayan trasladado a todos y cada uno de los ámbitos de su persona y de su vida, sembrando con él toda la Tierra. Que así sea porque así será y así es ya. En Amor y Gratitud a nuestra Creadora y a nuestro Creador, por los siglos de los siglos. Amén, Amén, Amén.”

 

                                                                  Namasté.

        

                                                                   

María Sánchez-Villacañas de Toro

 

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© Texto e imagen: María Sánchez-Villacañas de Toro (14-VI-18) Todos los derechos reservados