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YULE 2019: SOLSTICIO DE INVIERNO

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YULE 2019: SOLSTICIO DE INVIERNO

 

LA SAGRADA RUEDA DEL AÑO DE LA DAMA DE AVALON Y LAS NUEVE MORGENS

 

                                                                  La Sagrada Rueda del Año de la Dama de Avalon y las Nueve Morgens, está dividida en ocho festividades solares, todas ellas relacionadas con el flujo natural de las estaciones y los acontecimientos astronómicos relacionados con ellas. Como es arriba, así es abajo. Como es abajo, así es arriba. Estas celebraciones suelen describirse como ocho rayos en la mencionada rueda, una imagen muy útil para recordarnos el continuo suceder de la vida, el ciclo sin principio ni final que ésta es. Aunque celebremos cada doce meses la marcha de un año y la llegada del siguiente, en realidad, el año ni empieza ni acaba, como la energía, aunque diferentes tradiciones culturales han determinado uno o dos días para llamarlos Año Nuevo. Sin embargo, como el ciclo tiene en cuenta los ritmos de la naturaleza, más que las fechas del calendario gregoriano, los comienzos y los fines de cada año se consideran parte de las festividades y también están vinculados entre sí.

                                                                  Esas festividades, los Ocho Días Sagrados de la Sagrada Rueda del Año de Nolava y las Morgens, son una mezcla de acontecimientos solares: solsticios y equinoccios, y festividades del fuego originarias de las culturas celta, británica y nórdica que, si nos vamos más hacia atrás en el tiempo, vemos que se remontan a épocas y pueblos aún más antiguos, como el griego, egipcio, babilónico, mesopotámico... Las cuatro festividades solares tienen lugar durante el día que marca el acontecimiento astronómico y astrológico de que se trate: Yule, el día más breve o solsticio de invierno, generalmente el 20 o 21 de diciembre; Litha, el día más largo o solsticio de verano: el 20 o 21 de junio; Oestre, el equinoccio vernal, el 20 o 21 de marzo y Mabon, el equinoccio de otoño, el 20 o 21 de septiembre. Y entre estas celebraciones solares, se intercalan otras cuatro festividades del fuego, así llamadas por la costumbre de encender hogueras en esas fechas. Todas ellas suceden a la mitad del equinoccio o solsticio que las precede y así tenemos que Imbolc se celebra a comienzos de febrero, cuando aparecen los primeros copos de nieve; Beltaine, o Día de Mayo, tiene lugar el 1 de mayo, o cuando aparece la Flor de Mayo; Lughnasadh/Lammas, llega a comienzos de agosto, con la cosecha de granos y Samhain, la fiesta de l@s ancestr@s, se festeja entre el último día octubre y el primero de noviembre que, para los pueblos celtas y británicos de la antigüedad, era el día de Año Nuevo.

                                                                  En cada una de estas festividades de la sagrada rueda del año de Nolava y las Morgens, podemos encontrarnos con una de las manifestaciones de la Dama de Avalon y con una de las Morgens, puesto que ellas  eran, y siguen siendo, especialmente honradas y celebradas en esas fechas, aunque son tenidas en cuenta durante toda la rueda anual.

 

YULE: EL SOLSTICIO DE INVIERNO

 

                                                                  Yule, en la tradición celta, Solsticio de Invierno para las demás, toma su nombre de un término nórdico que significa rueda. A partir de la alineación de varios monumentos prehistóricos de piedra encontrados en Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, además de otros lugares del planeta, parece claro que nuestr@s antepasad@s consideraban que el Solsticio de Invierno era un componente fundamental de sus ritos anuales. Muchos de esos pueblos antiguos situaron el nacimiento de un avatar precisamente en esa fecha, como por ejemplo Krishna, Quetzalcoatl, Osiris, Tammuz y, más recientemente, el Maestro Jesús.  Por registros de esa época, sabemos que ya se celebraba este acontecimiento astronómico y astrológico en el siglo IV de nuestra era, en el que la iglesia católica declaró el 25 de diciembre como la fecha de nacimiento de Jesús el Cristo, con la intención de persuadir a quienes comenzaban a practicar el cristianismo, de participar en la festividad pagana invernal más antigua y conmemoraran, en cambio, la natividad del Niño Divino.

                                                                  Durante el día más corto del año, el 24 de diciembre, la oscuridad triunfa sobre la luz. Sin embargo, al mismo tiempo, las horas de luz comienzan a extenderse a partir de ese momento, así que el Sol vuelve a renacer, aunque todavía lo haga muy tímidamente. En algunas regiones del mundo, el solsticio de invierno recibe el nombre de Regreso Solar, para enfatizar así la promesa de días más luminosos que representa este acontecimiento astronómico que, como todas las festividades de la rueda anual, también tiene implicaciones psicológicas, energéticas, emocionales y espirituales. A pesar de que en ese momento las energías solares están mermadas, Yule es una festividad de luz, esperanza y promesa. Es una época del año en la que muchas personas echan en falta la luz y el calor externos, por lo que se reúnen para iluminar las largas noches invernales y compartirlas con sus semejantes al calor de la hoguera. Algunas personas incluso, como los osos, necesitan hibernar durante esta estación, para penetrar de forma profunda en la oscuridad y buscar el rico e inmenso potencial que albergan en su interior.

                                                                  En general, para quienes nos ocupamos de estar en armonía con el ciclo de las estaciones, aun viviendo en una ciudad y teniendo responsabilidades varias que atender, podemos aprovechar la energía de Yule y de todo el invierno para meditar, trabajar sobre nuestro potencial creativo y tomar nota de nuestros sueños, que en esta época del año son más profundos, ricos y vívidos. También es un tiempo adecuado para prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor, observando también el viaje de la Luna, las estrellas y los planetas por la esfera celeste a lo largo de toda la estación.

                                                                  Yule es también un recordatorio de que, a pesar de la oscuridad del invierno y de la vida, la luz del sol es tan potente y firme, que siempre vuelve a brillar, no importa lo que pase. 

 

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EL SOLSTICIO DE INVIERNO Y EL SIGNO DE CAPRICORNIO

                                        

                                                                      Los solsticios son las épocas del año en que la duración de los días y las noches es diferente. Están siempre relacionados con acontecimientos astronómicos y, cada uno de ellos va precedido por un equinoccio, un período de tiempo durante el cual la duración del día: luz y de la noche: oscuridad, están igualadas. El solsticio de invierno va después del equinoccio de otoño, el período del año en que la luz empieza a decrecer y va tomando más fuerza la oscuridad, preparándonos así para la llegada del frío invierno, un frío que no es yermo sino fértil, porque durante este tiempo, las semillas permanecen bien guarecidas en el interior de la tierra y alimentadas por su calor, esperando que el sol de la primavera las alumbre de nuevo para crecer y, llegado el momento oportuno, dar frutos.

                                                                  Hay dos días en el año opuestos en cuanto a la duración de la luz solar. Uno es el 24 de junio y el otro el 24 de diciembre. El primero de ellos, recién entrado el solsticio de verano, coincide con el signo de Cáncer, la puerta por la que el alma entra a la encarnación, y es el día más largo del año. El segundo, recién estrenado el solsticio de invierno, coincide con el signo de Capricornio, la puerta a través de la cual el alma pasa a la vida del espíritu, y es el día más corto. Por lo tanto, a partir del 24 de junio la luz empieza a mermar, aunque el cambio es tan leve que apenas lo notamos, como tampoco notamos que empieza a crecer de nuevo a partir del 24 de diciembre. Cáncer y Capricornio pertenecen a la Cruz Cardinal. Son dos signos opuestos en la rueda del zodíaco y forman un eje, al igual que lo hacen los dos solsticios con los que están relacionados y que dividen el año en dos períodos de seis meses cada uno, entre medias de los cuales tienen lugar los dos equinoccios que completan la rueda de las estaciones: el de primavera y el de verano.

                                                                  Además de estas relaciones y significados, los solsticios son también potentes portales energéticos, que podemos aprovechar no sólo para sintonizar con ese momento astronómico y astrológico particular de la rueda del año, sino también alinearnos con las energías que, a partir de su ocurrencia y durante toda la estación para la que nacen, están disponibles para nuestra vida, nuestro crecimiento y nuestra evolución, interiores y exteriores.

                                                                  En Yule, el norte de la sagrada rueda de Nolava y las Morgens, nos encontramos con Nolava de Aire, la Vieja Mujer Invierno y Cailleach, siendo Tyronoe la Morgen que corresponde a este punto cardinal y festividad.

                                                                 

CAPRICORNIO Y EL NACIMIENTO DEL NIÑO DIVINO

 

                                                                  El Niño Divino, el Sol que comienza a crecer y hacerse más fuerte a partir del solsticio invernal, tras nacer de una Virgen, es decir, iniciando su ascenso en el cielo desde la constelación de Virgo, es la semilla del Cristo Cósmico que anida en nuestros corazones y que tod@s también somos. Esa semilla divina y cósmica eterna, plena de Luz, Sabiduría, Alegría y Amor, está a la espera de ser reconocida, aceptada, honrada, materializada y expresada en el mundo, para el más alto beneficio y el mayor bien de la Vida en todas partes, comenzando por el propio. El signo de Capricornio es precisamente el lugar de la Rueda Zodiacal donde el humilde y pequeño grano ahí depositado crece, se transmuta y se transfigura para convertirse, llegado el momento oportuno, en un/a amante y fiel servidor/a de la humanidad.

                                                                  La Rueda del Zodíaco recoge y refleja la posición en el cielo de las doce constelaciones con las que está vinculado el sistema solar en el que la Tierra orbita. Todas ellas eran conocidas desde tiempos muy antiguos y desde entonces fueron tenidas en cuenta, estudiadas y utilizadas en la vida cotidiana por la práctica totalidad de pueblos y culturas. En Caldea, Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma, por citar sólo unos pocos, existieron grandes e importantes astrólog@s que, mediante la observación y el estudio atento del cielo que tenían sobre su cabeza, podían entender profundamente su influencia sobre la vida terrestre y, gracias a ello, sintonizar con las energías provenientes del Cosmos y actuar de acuerdo con ellas en la vida diaria, así como también en momentos y acontecimientos señalados de los ciclos vitales, tanto personales como colectivos. Como es arriba, así es abajo. Como es abajo así es arriba, reza una de las Leyes de la Creación y del Equilibrio Universal que Thot, posteriormente identificado con Hermes, Merlín y otros avatares, entregó a los seres humanos de la antigüedad, mostrándoles así cómo es creada la vida en las dimensiones superiores y cómo, siguiéndolas y alineándonos con ellas, podemos crear y co-crear el mismo tipo de vida en los planos materiales y densos de la Existencia Una.

                                                                  Con el paso del tiempo y la cada vez mayor influencia de la iglesia católica de Roma, esa que erradicó y condenó una gran parte de los conocimientos de sabiduría que durante siglos habían dirigido la vida en Egipto, Jerusalén, Mesopotamia, Caldea y otros lugares de Oriente y de la cuenca mediterránea, sabiduría que el mismo Jesús de Galilea conoció, practicó y expandió, muchas de las celebraciones y acontecimientos astronómicos y astrológicos fueron intencionadamente sustituidos por otros, que comenzaron a presentar, y siguen haciéndolo en gran medida, una visión muy diferente de la que hasta entonces había presidido la vida de las gentes, y había sido transmitida de generación en generación, especialmente en las Escuelas de Misterios, aunque también en la vida ordinaria. Jesús y sus padres, su abuelos maternos, su principal discípula además de esposa: Myriam de Migdal y, después de ell@s, l@s gnóstic@s, l@s cátar@s y l@s templari@s, bebieron de esas fuentes antiguas y viajaron a los países en los que habían surgido y existido durante milenios, primero para formarse ell@s mism@s en esa sabiduría y, después, para transmitir lo que habían aprendido y desarrollado a las gentes de su tiempo, muchas de las cuales les rechazaron, si bien otras les tuvieron en cuenta y trabajaron para emularles y lograr lo que ell@s habían logrado y cualquier ser humano puede lograr: convertirse en un ser Cristo-Magdalena, con trabajo, amor, dedicación, paciencia, entrega y perseverancia, cualidades todas ellas muy ligadas al signo de Capricornio y que, tanto su energía como la del Solsticio de Invierno, son muy propicias para que sean instauradas en nuestra forma de ser y de vivir, si es que todavía no lo están.

 

YULE 2019 – SOLSTICIO DE INVIERNO

 

                                                                  Yule 2019, junto con la energía y las bendiciones de la Dama de Avalon y la Morgen que sintonizan con el Solsticio de Invierno, llegarán hasta nosotr@s el sábado 21 de diciembre, a las 23:23 horas (horario peninsular español) y a cero grados de Capricornio. Este año, además, esta festividad sincroniza con uno de los cuatro portales 3:3:3 de diciembre: 21-12-12.

                                                                  Una forma sencilla y poderosa de celebrar este momento de la rueda del año es conectar con la energía nutricia y revitalizadora del invierno, así como también con el renacimiento del sol que, invencible, sigue existiendo por los siglos de los siglos, alumbrando nuestra vida y enviando sus códigos de luz a todo cuanto gira y se mueve alrededor de él, pulsando con los códigos de luz solar que están dentro del alma, del corazón y del ADN humanos.

                                                                  El nacimiento del Niño Divino/Sol es una manifestación del regreso de la luz solar, por muchas y profundas que hayan sido las noches y las tinieblas. Cada amanecer, después de reposar en el seno de la Tierra, el sol aparece de nuevo en el horizonte para que podamos seguir nutriéndonos, calentándonos y alumbrándonos con su luz, que también es la nuestra. Eso mismo es precisamente lo que sucede durante el invierno, así que podemos aprovechar el viaje de nuestro propio sol hacia las profundidades de nuestro ser para cuidad nuestras semillas, mantenerlas nutridas y calientes, reconfortadas y reposadas en nuestra tierra interior para que, al regreso de la primavera, se desplieguen de nuevo en toda su belleza y esplendor. Reflexionar sobre esto y tenerlo presente a lo largo del día del solsticio, y de toda la estación, es igualmente una forma de mantener la energía invernal, tan necesaria y esencial como la de todas las estaciones, viva y fuerte en nuestro interior.

                                                                  Ese Sol/Niño Divino es nuestro ser esencial, nuestro yo superior, que conecta a la personalidad terrestre con los planos internos y superiores de la existencia y de la conciencia, entendiendo por superior aquello que cuenta con una más profunda y elevada frecuencia vibratoria, con una energía de mayor calidad, es decir, más pura, genuina, amorosa, compasiva y luminosa, más conectada con eso que llamamos energía divina y que se encuentra tanto dentro de nosotr@s como en todo cuanto existe. Cuando somos conscientes y tenemos presente, cada momento del día, a ese ser esencial, pasamos de la conciencia de la personalidad terrena a la conciencia del ser divino, que es creadora, directora y guía de vida. Una guía de vida que tiene en cuenta la unidad de todo cuanto existe, manifestada en multiplicidad de formas.

                                                                  El estado niñ@ del ser mantiene intactas la creatividad, la pureza, la alegría, la inocencia, la naturalidad, la espontaneidad… Por eso, es necesario ser como niñ@s para obtener la llave del Reino de los Cielos, poder entrar en él y morar en sus luminosas y fértiles estancias durante toda la vida. Por muchos años cronológicos que ésta dure, siempre podemos seguir siendo niñ@s en nuestro corazón y nuestra alma. Siempre podemos conservar ese estado de pureza, inocencia y alegría, que nada tiene que ver con ser ingenu@s y dejarnos engañar o manipular. El Reino de los Cielos no es otra cosa que la esencia divina, cósmica, galáctica y humana que habita en el ser humano de carne, huesos, sangre y piel, el Grial eterno de amor, sabiduría, felicidad, poder interior, paz y luz, todas ellas cualidades que forman parte de nuestro ADN y que, para que sean operativas, hemos de reactivar con nuestra voluntad y acción personal diaria.                                                       

                                                                  Mientras tenemos en cuenta todas estas significaciones del solsticio de invierno, podemos visualizar a Yule como un ser andrógino que, en su lado izquierdo, aparece con la forma de la Vieja Mujer Invierno, mientras que en el derecho se presenta como un Anciano de barba blanca. Toda la figura está cubierta con una gruesa capa y en la cabeza lleva un puntiagudo sombrero azul oscuro, como la noche, plagado de relucientes y bellas estrellas. En la mano izquierda porta un saco lleno de semillas de vida, así como también de chispas de luz de un nuevo sol, de una nueva estrella rutilante y tintineante. En la derecha lleva un hermoso cayado de madera labrada, con una esfera solar en la parte superior.

                                                                  Yule está en medio de un frondoso y nevado bosque, acompañado por Nolava de Aire, Cailleach y la Morgen Tyronoe. Tod@s caminan despacio y en silencio, en armoniosa compañía, dirigiéndose hacia tu corazón. Cuando sientas que ya han llegado, permite que pasen, dales la bienvenida y las gracias, dejando que se acomoden en la cavidad sagrada de tu corazón, ahí donde está tu templo interior. Una vez acomodad@s en ese punto siempre ardiente de tu ser, activa la energía de Yule y del invierno con el poder de tu intención, para que permanezca viva durante toda la estación, haciendo su labor y recordándote que, tras esta fría época del año, las semillas germinarán y darán fruto de nuevo en la siguiente primavera, justo después de que las candelas de Imbolc empiecen a alumbrar de nuevo los cielos y la Tierra. Agradece todo por adelantado y permanece unos minutos en esta contemplación. Después vuelve a tus asuntos cotidianos y, si te apetece, lleva una ofrenda de flores frescas a algún lugar de la naturaleza que esté cerca de tu casa, a un parque o a cualquier otro lugar que te parezca oportuno.

 

                                                                  Deseo de todo corazón que YULE 2019, NOLAVA DE AIRE, la VIEJA MUJER INVIERNO, CAILLEACH y TYRONOE, así como también el NIÑO DIVINO/SOL, guíen e iluminen nuestro camino durante todos y cada uno de los días del invierno, inspirándonos y fortaleciéndonos con su infinito amor, sabiduría, alegría y paz, a la vez que depositan sobre nuestro corazón, alma y espíritu, todas sus bendiciones. Bendit@s sean también tod@s Ell@s. ¡AWEN! ¡AHAVÁ! ¡NAMASTÉ!

 

                                                                 

María Sánchez-Villacañas de Toro

Psicóloga Colegiada M-02604

 

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© Texto e imágenes: María Sánchez-Villacañas de Toro (18-12-2019). Todos los derechos reservados