dedicado a la evolución del alma

LAS DIOSAS QUE SOY (I)

EVA, LA MADRE DE TODOS LOS SERES VIVOS

 

AVALON PSICOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD

Escuela para la Evolución del Alma

 

EVA: LA MADRE DE TODO VIVIENTE

 

                                                                  Si hay una historia que durante siglos ha sido tremendamente inhumana y agresiva para las mujeres, y desde luego también para los hombres, esa es la de Eva, la madre de todo viviente, como en los textos bíblicos, escritos por hombres de mentes estrechas y patriarcales, no por la Fuente Divina, fue bautizada. No en vano nació en la Edad del Hierro, esa en la que todavía nos encontramos y que finalizará cuando hayamos alcanzado la siguiente fase evolutiva: la Era de Diamante.

                                                                  Dice el libro del Génesis que Dios, tras haberles creado, condujo a Adán y a Eva a un hermoso y exuberante jardín en el que había frutos y animales de todas clases, conviviendo en perfecta armonía entre sí. El Señor les dio permiso para comer las frutas de todos los árboles excepto de uno, el que se encontraba en el centro del jardín. Adán y Eva aceptaron la orden de Dios y la obedecieron hasta que un día, la serpiente, enroscada en ese árbol, llamo a Eva y le preguntó por qué les había prohibido Dios comer las frutas de ese árbol, si eran tan buenas y apetecibles como todas las demás. Eva respondió que si comían de ese árbol, enseguida morirían y, como no querían morir, habían obedecido la orden del Señor. La astuta serpiente le dijo entonces a la madre de todo lo viviente que no morirían si comían del árbol, sino que se les abrirían los ojos y serían como dioses, es decir, conocerían el bien y el mal. Eva, que quería ser sabia, cogió entonces una de las frutas, comió de ella y la saboreó, invitando después a Adán a que también la probara. Tras haber comido la fruta se dieron cuenta de que estaban desnudos y corrieron a coger unas hojas de parra con las que taparse. Cuando Dios les llamó después a su presencia, Eva y Adán se escondieron para no mostrar su desnudez. Entonces el Señor se dio cuenta de que le habían desobedecido y habían comido el fruto prohibido. Fue en ese momento cuando pronunció su maldición sobre Eva y sobre todas las mujeres que nacieran después, así como también sobre Adán y el resto de los hombres. A las mujeres las maldijo con los dolores del parto y el sometimiento al varón, mientras que a los hombres los maldijo con los sudores del trabajo para ganarse el pan de cada día. Así que, desde entonces y durante mucho tiempo, se asumió como literal y cierta esta maldición, con los consiguientes problemas que esto trajo, y todavía sigue trayendo, consigo, ya que aún no ha sido erradicada del inconsciente colectivo.

                                                                  El árbol, con una serpiente enroscada en su tronco o a su lado, es un símbolo del árbol de la vida de la Gran Diosa Madre, de la Tierra, de la Naturaleza. La serpiente, otro símbolo de la Diosa, es su forma expresada en el tiempo, eternamente muriendo y eternamente volviendo a emerger a través de su piel, como también le sucede a la Luna que tras surgir de su fase oscura, empieza a crecer en el cielo hasta llegar al plenilunio y, una vez alcanzado éste, comienzo de nuevo a menguar hasta la siguiente fase oscura, antes de dar otra vuelta, antes de dar principio a un ciclo diferente. Seamos o no conscientes de ello, lo mismo nos sucede a nosotras. Continuamente estamos cambiando de piel, permanentemente estamos naciendo y muriendo, unas veces de forma muy señalada y otras no tanto, pero sin dejar de hacerlo en momento alguno. Así que la serpiente nos recuerda ese eterno ciclo de nacimiento, vida, muerte y renacimiento, un ciclo que fue entendido y respetado durante los numerosos siglos en que la Diosa fue reconocida, honrada y venerada y, junto con Ella, también lo eran las mujeres. Con la historia de Eva, en cambio, se dejó a un lado el renacimiento que la Diosa proporcionaba, y sigue proporcionando, enfocando en cambio la atención en la muerte y, como consecuencia, en la culpabilidad, el miedo, el castigo y el reproche. En primer lugar hacia la propia Eva, como mujer que escucha a la serpiente (su propia guía interior) y se atreve a comer del árbol prohibido para hacerse más sabia, invitando después a su esposo para que él también fuera partícipe de esa sabiduría y, por extensión, a la Diosa misma, materializada en la serpiente, el árbol, la manzana y la propia Eva.

                                                                  Es sabido que, quienes escribieron el Libro del Génesis, tomaron como base de las historias que en él se cuentan las imágenes afirmantes de la vida de todos los mitos anteriores a la época en la que fue redactado: el jardín, los cuatro ríos, el árbol de la vida, la serpiente, la madre y el padre del mundo. Pero, a diferencia de las historias y los mitos que le precedieron, en los que todos esos componentes eran fundamento de la alegría, de la maravilla, del respeto por los ciclos de la vida y por todos los seres vivos, incluidas las mujeres, en el Génesis se transforman en los mencionados miedo, reproche, castigo y culpabilidad. ¿Y hacia qué y quién van dirigidos? Directamente a la mujer y a la serpiente, encarnaciones previas de la Diosa y de su poder, dadoras no sólo de muerte sino también de vida eterna. Las progresivas extensión e influencia del cristianismo patriarcal y misógino en el planeta, hicieron algo que en otras historias y mitos no se contempla: convirtieron la conducta de Eva en un pecado y, además, lo generalizaron a todas las mujeres, haciendo así creer que las féminas llevamos el pecado en nuestra esencia y que, por nuestra causa, los hombres también se convierten en pecadores. Si le damos la vuelta a la historia y, como sucede en las mitologías y las tradiciones orientales, nos hacemos conscientes de que la mujer, como la Diosa, es la primera iniciadora en los misterios de la vida, de la muerte, de la transformación y del renacimiento, erradicaremos el pecado y la culpa de nuestra mente, corazones y actos, haciendo aparecer en su lugar la continua oportunidad y posibilidad de transformarnos en seres más luminosos e iluminados, mostrando a quienes nos rodean lo que verdaderamente somos y animándoles, por la vía del ejemplo, a que ellas y ellos también se transformen y hagan brillar su divino ser.                                                                                              Eva no sólo es la madre de todo viviente, también es la mujer y el arquetipo de la Diosa que inicia a la humanidad en la ciencia y el conocimiento del bien y del mal, introduciéndola así en un universo moral, es decir, en la capacidad de elegir y de actuar en consonancia con esa elección, asumiendo la responsabilidad y las consecuencias derivadas de ella. Esa elección moral, que se repite día tras día a lo largo de toda la existencia, tiene que ver con posicionarnos en nuestro camino de evolución por el planeta Tierra y la experiencia humana, un posicionamiento que nos coloca en una de dos alternativas: la alta energía, habitualmente etiquetada como el bien, o la baja energía, habitualmente denominada el mal. El primero de esos senderos nos lleva por/y a la luz, la consciencia, el amor, la libertad, la responsabilidad, la armonía, la prosperidad, el conocimiento, la paz…, y demás cualidades de elevada vibración energética, mientras que el segundo conduce a la oscuridad, el miedo, la carencia, la inconsciencia, la esclavitud, el desequilibrio, la intranquilidad…, y demás atributos de vibración energética baja.

                                                                  La oportunidad, y la responsabilidad, de elegir y de mantenernos en el camino energéticamente más elevado y luminoso posible, aunque en apariencia sea el más difícil, nos libera de la ilusión del sufrimiento, esa que nos hace creer que nada podemos hacer frente a lo que sucede en nuestra vida y que, por consiguiente, podría llevarnos a cruzarnos de brazos y esperar que el cambio llegase de fuera cuando, en realidad, del único lugar del que puede llegar es de dentro, si es que nos decidimos a abrir las manos, física y metafóricamente hablando, haciendo lo necesario no sólo para modificar las circunstancias de nuestra vida sino, sobre todo, para modificarnos a nosotras mismas mientras deambulamos por ellas y logramos, paulatinamente, mayores grados de consciencia, amor, conocimiento y autoconocimiento, sanación, evolución, apertura, libertad, sabiduría, paz, equilibrio, éxito, prosperidad y abundancia material. Actuando así, en vez de esperar la llegada de un/a salvador/a, nos haremos cargo del poder divino con el que fuimos creadas y elegiremos manifestarlo en el mundo, para el mayor beneficio de la Vida en todas partes en el que, como no podría ser de otro modo, nuestro beneficio también queda incluido.

                                                                  Eva, a través de su desobediencia y atrevimiento a probar el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, es el arquetipo de la Diosa que nos inició, y nos sigue iniciando, tanto a las mujeres como a los hombres, en la capacidad para transformarnos y trasformar de paso, en la medida de nuestras posibilidades, el mundo que nos rodea, un mundo que precisa, hoy más que nunca, la valentía, la desobediencia, el coraje y el amor de las mujeres,  también de los hombres, con el fin de construir una sociedad más justa, equitativa y pacífica en la que vivir, y en la que todas y todos, sin distinción de género, procedencia, color de piel, país de origen, estudios, profesión…, gocemos de similares derechos y responsabilidades, alcancemos nuestros objetivos y hagamos realidad nuestros sueños.

                                                                  Ese conocimiento al que la bendita Eva abrió la puerta y nos invitó a atravesar, haciéndolo ella misma antes que nadie y arriesgándose a lo que se arriesgó, no es logos, es decir, una mera información intelectual basada en datos, sino gnosis: conocimiento directo, consciencia, sabiduría, basados en la experiencia propia y en el contacto con el interior más esencial y profundo, ese que directamente nos lleva a comulgar, a hacer una común unión, con la esencia divina y cósmica que somos, creada a imagen y semejanza de la Divinidad, si bien con las consiguientes limitaciones que la encarnación en la materia imponen y que no afectan a la Diosa ni al Dios. Esa gnosis, ese conocimiento directo, al transformarnos nos lleva desde lo humano a lo divino, iluminándonos y favoreciendo que irradiemos esa luz por dondequiera que vayamos, para que así todo lo viviente sea cada vez más luminoso, brillante y sabio. ¡Gracias Eva por haber abierto la puerta al universo moral y a la transformación, y bendita seas como todas las mujeres!

 

María Sánchez-Villacañas de Toro

 

Psicóloga clínica, energética y espiritual

Astróloga. Cabalista. Formadora. Escritora

Sanadora Espiritual por Arquetipos

Lectora de Registros Akáshicos

Lectora y creadora de Oráculos

Sacerdotisa de la Luna, de la Diosa y de Avalon

Diseñadora de Mandalas personalizados

Guía de viajes sagrados y conscientes

 

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© Texto e imagen: María Sánchez-Villacañas de Toro (13-II-2018). Todos los derechos reservados